Eva Marie Saint ha muerto a los 102 años en su casa de Los Ángeles por causas naturales, según ha confirmado su entorno. Con ella desaparece uno de los últimos vínculos vivos con la era dorada de Hollywood, una actriz que compartió pantalla con Marlon Brando, Cary Grant, Paul Newman, Gregory Peck y Elizabeth Taylor, entre otros, a lo largo de una carrera que se extendió durante siete décadas.

Su nombre quedó ligado para siempre al cine de los años cincuenta, una década en la que brilló con una intensidad difícil de igualar. Fue precisamente en ese período cuando obtuvo el Oscar a la mejor actriz de reparto por su trabajo junto a Marlon Brando en La ley del silencio (1954), dirigida por Elia Kazan. Aquel reconocimiento llegó en su primera película para la gran pantalla, un debut que pocos actores en la historia de Hollywood pueden presumir de haber coronado de manera tan rotunda.

La mujer que huyó de Hitchcock a 180 por hora

Si hay una imagen que condensa el magnetismo de Eva Marie Saint en el imaginario popular, es la de Con la muerte en los talones (1959), donde Alfred Hitchcock la convirtió en una femme fatale de elegancia gélida frente a Cary Grant. El director británico, conocido por su obsesión con el tipo físico de sus protagonistas femeninas, apostó por ella en un papel que se alejaba deliberadamente de la ingenuidad de sus personajes anteriores, y el resultado es considerado uno de los grandes thrillers de la historia del cine.

Su carrera no se agotó en el blanco y negro de los cincuenta. Saint siguió trabajando con regularidad durante décadas, y llegó al siglo XXI con apariciones en producciones de relevancia, demostrando una longevidad artística tan excepcional como la biológica. Tenía 102 años en el momento de su muerte, una cifra que por sí sola habla de una vida que atravesó casi la totalidad de la historia del cine sonoro.

Nacida en Newark, Nueva Jersey, en 1924, Saint se formó en el teatro antes de dar el salto a la televisión y, de ahí, al cine. Su formación en el método Stanislavski, en boga en aquella generación de actores estadounidenses, le otorgó una profundidad interpretativa que la diferenciaba de las estrellas construidas exclusivamente sobre el star system de los grandes estudios. Era, ante todo, una actriz de oficio.