Lo que hace meses algunos analistas militares anticipaban como una posibilidad sombría se ha convertido en la realidad del conflicto: Ucrania atraviesa este verano la fase más sangrienta desde que Rusia lanzó su invasión a gran escala. La lógica que domina ahora el campo de batalla no es la de conquistar terreno palmo a palmo, sino la de infligir el mayor daño posible al adversario con la esperanza de quebrar su voluntad antes que la propia.

El patrón se repite a ambos lados de la línea de frente. Los misiles de Vladimir Putin continúan castigando Kiev y otras grandes ciudades ucranianas, sembrando el pánico entre la población civil y desgastando una infraestructura energética y urbana que ya acumula años de impactos. Al mismo tiempo, los drones que opera el ejército de Volodímir Zelenski alcanzan cada vez más lejos dentro de Rusia: refinerías, almacenes logísticos y puntos neurálgicos del suministro militar arden en el interior del país agresor, en una demostración de que Ucrania ha desarrollado una capacidad ofensiva asimétrica que Moscú no logra neutralizar del todo.

La «guerra de ciudades», un concepto que ya no es teórico

Los expertos que acuñaron la expresión «guerra de ciudades» para describir esta dinámica se referían a un escenario en el que los centros urbanos dejan de ser el escenario secundario del conflicto para convertirse en el objetivo primario. No se trata únicamente de combates callejeros: es la lógica de golpear donde vive y trabaja la población del adversario, con el objetivo de erosionar su moral y su capacidad productiva. Esa fase, según el análisis recogido por los medios que siguen el conflicto, ya está plenamente activa.

La consecuencia directa es un incremento brutal en el número de víctimas civiles. Este verano se perfila como el más letal para la población no combatiente desde el inicio de la guerra, un dato que subraya cómo la escalada en las tácticas de ambos bandos tiene un precio que pagan, sobre todo, quienes no empuñan armas.

El escenario plantea interrogantes serios sobre hacia dónde deriva el conflicto. La destrucción mutua sostenida no produce victorias rápidas; produce agotamiento. Y en esa carrera de resistencia, la presión internacional —sobre los suministros de armas a Ucrania, sobre las sanciones a Rusia, sobre cualquier posible mediación— adquiere un peso cada vez más determinante.